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Junk Credit - Breve reflexión sobre el crédito basura y los sistemas cerrados


Haciendo uso del estilo sajón, propio del sistema financiero, no pudimos evitar la tentación de inventar un giro que exprese la idea de “crédito basura”. La Argentina es cada día más, gracias a la falta de control en la materia, un paraíso para el junk credit (crédito basura).


¿Qué queremos decir con “crédito basura”? Es la provisión de crédito a tasas usurarias, principalmente destinado a los sectores económica y socialmente más vulnerables, en condiciones de desinformación, intimidación y exposición absoluta. Un sistema que somete a los usuarios a un circuito de consumo de crédito sin fin, que no puede ser saldado en su totalidad pese a los sucesivos pagos.

 El mercado de asistencia crediticia al consumidor-usuario es un verdadero ecosistema con una fauna muy variada. Es difícil, pese a las masivas irregularidades, precisar una práctica abusiva empleada por todos y cada uno de los oferentes de todo el mercado. Aunque en algunos productos financieros puntuales, en cambio, sí se observan abusos típicos (p.ej. cargos adicionales ficticios en tarjetas de crédito).

 Es importante aclarar algunas cosas de antemano: El consumo de crédito no es suntuario, mucho menos excepcional. Es muy difícil que alguien pueda financiar sus proyectos pura y exclusivamente con recursos provenientes de su propio ahorro. Máxime, cuando las entidades financieras y crediticias no ofrecen un servicio libre de costos destinado a ello.

 El consumo de crédito es prácticamente inevitable, y es indisociable de otros consumos como el habitacional (que en el Buenos Aires Metropolitano se encuentra en una situación gravísima). El acceso a la vivienda implica el consumo de crédito, sea de origen público o privado. El primer caso es poco habitual, con lo que puede decirse que el acceso a la vivienda (por sólo citar un ejemplo) implica necesariamente vérselas con el consumo de crédito de origen privado (bancario o financiero).

 El consumo de bienes y servicios de canasta básica familiar también genera en muchos casos la necesidad de consumo de crédito privado. El gasto corriente de numerosas familias que no pueden consumir la totalidad de sus necesidades alimenticias en efectivo lleva al uso intensivo de tarjeta de crédito. Nuevamente, no habiendo ahorro libre de costo se agrava esta necesidad.

 Es decir: que las prácticas abusivas de los proveedores crediticios no afectan a pocas personas, no son casos esporádicos de abusos que sufren quienes son tentados en la búsqueda de beneficios económicos extraordinarios. El mayor número de victimas no son inversores calificados de wall street, precisamente, que ya tienen sus necesidades básicas satisfechas pudiendo soportar el riesgo. El crédito basura daña a las familias. Y no a todas en igual forma.

 Podríamos decir a grosso modo que la asistencia crediticia de recursos, es de alguna forma, inversamente proporcional a la existencia de recursos provenientes del ahorro. Por tanto, para quien menos ingresos periódicos tiene, para quien menos capacidad de ahorro posee, la necesidad de consumo de crédito se va haciendo gradualmente mayor. Es decir que las prácticas abusivas en los mercados crediticios golpean con mayor fuerza a sectores más vulnerables. Sobre todo a aquellos que se encuentran en vías de inclusión.

 Estas familias suelen ser sostenidas por ingresos laborales de trabajadores en situación de informalidad o de precariedad. Que, por otra parte no pueden acceder a crédito ofrecido por entidades bancarias no sólo por las elevadas tasas, sino también por no ofrecer garantías suficientes a criterio de éstas. Lo que lleva a este sector de la población a consumir crédito, necesario como ya dijimos, de un mercado extra-bancario con menor protección aún.

 Este mercado incluye entidades financieras locales que proveen préstamos personales impagables y emisores no bancarios de tarjeta de crédito o compra en sistemas cerrados, que tienen menos controles por parte del BCRA que las entidades propiamente bancarias en las que ya se detectan prácticas irregulares. Paradójicamente, estos operadores financieros debieran sufrir controles más severos por ser un actividad menos tipificada normativamente, pero se los deja actuar a discreción extrayendo recursos de forma abusiva a sectores que debieran recibir apoyo para ingresar a una calidad de vida, en situación de inclusión, y no ser empujados nuevamente fuera del sistema. 

   Existe un denominador común al mercado crediticio nacional, el negocio de la mora es fuente de ingresos que todos los proveedores en mayor o menor medida aprovechan. Este sub-sistema financiero donde el junk credit es moneda corriente conforma un circuito cerrado montado para este negocio. Donde un mismo conglomerado económico, valiéndose de múltiples personas jurídicas, puede llegar a extraer recursos en masa sin control alguno.

 En el circuito del crédito basura el dueño del local y del centro comercial, el emisor de la tarjeta con que se compra en el local, quien sobre-endeuda al usuario y le ofrece un préstamo personal para saldar esta deuda, que luego cae en mora por tasas siderales que se capitalizan a una velocidad que ningún salario resiste, puede tranquilamente ser el mismo.  Pero, el circuito no termina allí, pues ese préstamo para cancelar pasivos de otros productos  suele caer también en mora, momento en que adivinen quién ofrece una refinanciación…

 ¿Acaso, no se sancionaron para evitar esto una Ley de Defensa del Consumidor, una Ley de Lealtad Comercial, y una Ley de Defensa de la Competencia? ¿No decía el Art. 3 de la LDC que ella se integra con las normas de las otras dos leyes citadas, precisamente por este motivo? Transparencia de mercado, defensa del consumidor, y lealtad comercial son inseparables. Tan inseparables como el circuito consumo-producción.